Los gatos y su rico lenguaje corporal

Aunque tienen fama de huraños y solitarios, los gatos comunican mucho a través de su cuerpo.

 

Que tu gato no necesite continuamente tus carantoñas o que pueda ser feliz durmiendo quince horas cada día y dedicando buena parte del tiempo que pasa despierto a lamerse todo el cuerpo, no significa que no quiera comunicarse contigo cuando tenga ocasión. En realidad tiene gran capacidad para comunicar pero lo hace, digamos, a la manera de los grandes escritores y pensadores, desde su atalaya solitaria.

Su fama de arisco se debe más bien a que el gato tiende a evitar el enfrentamiento, prefiere enviar señales para comunicar su estado de ánimo que invadir terreno ajeno para intercambiar impresiones. Y qué mejor manera de enviar señales que con el instrumento que más puede manipular a su antojo: su cuerpo.

El gato nos habla manejando su cuerpo con la misma agilidad con la que un literato reputado hace malabares con las palabras. Los mininos se merecen formar parte de la RAE ocupando la silla de la letra "A" de "acróbatas".

Entenderlos es cosa de su dueño. Hay tres clases de dueños de gatos: los que también tienen perro y creen que ambas mascotas utilizan el mismo lenguaje corporal; los que creen que el lenguaje corporal del gato es como el de los humanos; y luego están los que observan atentamente a su gato para aprender qué quiere decir con cada gesto y cada movimiento. Es fácil adivinar cuál de los tres comprenderá mejor a su felino amigo.

Cuando un gato está relajado y feliz suele mullir (ahuecar algo con sus patas), colocar las orejas hacia arriba en movimiento, ronronear o poner la cola recta hacia arriba.

Normalmente no disimulan su enfado. Pueden demostrarlo lamiendo sus patas con rapidez y de forma repetitiva o moviendo el lomo como si tuviera calambres. Otras señales de enfado son: orejas replegadas hacia atrás, cuerpo encorvado, enseñar los dientes, pupilas dilatadas, bigotes pegados al hocico, etc. Todo un abanico de recursos interpretativos que los ponen a la altura de los grandes actores de la escuela británica.

Sólo con los múltiples movimientos de su cola podría crearse un completo lenguaje de signos. Las variantes son muchas: estirada hacia arriba o hacia abajo, encogida, erizada, recta, doblada, con la punta plegada hacia dentro o hacia fuera; y si las combinamos con las expresiones de sus ojos (abiertos, cerrados, entreabiertos), las posturas y movimientos de sus orejas (unas de las más flexibles del planeta), la posición de su lomo (encorvado o relajado), el estado de su pelaje (erizado o en reposo), los bigotes, la boca, sus sonidos y cualquier gesto llamativo (tirarse al suelo en señal de confianza, frotarse con tus piernas) podemos componer todo un lenguaje propio que variará, por si fuera poco, con cada gato pues hay que recordar que no hay dos con personalidades iguales.

El gato no suele requerir atención continua ni necesita estar siempre cerca de ti, pero sí te pondrá a prueba cada día con una nueva postura o un nuevo gesto para estar seguro de que quieres entenderle. Así son ellos, les encanta que les prestes atención cada segundo pero si no lo haces, no pasa nada. 

 
 

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